sábado, 22 de octubre de 2011

Tratado sobre la metamorfosis (en primera persona)

Amanezco con la sensación de un continuo escapar de mi ser. De eso era el sueño, creo. Nunca estoy segura de mis sueños. Algo sobre salir-me, saltar-me: desarmar-me.
Me lavo la cara, los dientes, me preparo y salgo. Las calles, la gente, la ciudad. Soy yo. Respiro tranquila.

Sé que esto no es todo.

(La humanidad es uno entre otros estados posibles, un devenir)

Me invade la necesidad de absolutos y tengo miedo. Y necesito aferrarme. Preparo el té con leche y hablo sobre el clima. De nuevo la certeza. Pestañeo, dura un minuto.

Ya es de noche. Suena música en alguno de los departamentos vecinos. Sigo intentando escribir a pesar del viento. Pierdo la noción del tiempo y vuelve la pregunta ‘¿quién me salvará del fuego invencible, inasible...inminente?’ Tengo la garganta seca. Trago saliva.

(La humanidad es un fluir, un estado en movimiento)

Salgo al balcón. De nuevo esa sensación extraña: algo me habita. Una bestia va ocupando mi casa. Un pensamiento cada vez más frecuente. Me inquieto. Hace tiempo dejó de ser una epifanía: es el silencio que me encuentra conmigo. Me tranquilizo.

Suena el teléfono (me alivia escucharlo del otro lado pero sé que es calma momentánea) conversamos sobre la reunión, cómo le fue hoy, nos reímos de su cara de esta mañana y ‘chau, un beso, que descanses’.

De nuevo la invasión, la conciencia de que hay algo más... ahí... del otro lado. Pero ese otro lado está acá, y recuerdo que encima cerré la puerta con llave. Me inquieto. Recuerdo: soy el perseguidor perseguido. Me calmo.

(La humanidad es dinámica, un estado que se transforma)

Tengo sueño. Voy a la cama con el temor a esa oscuridad. Me digo que soy un eterno buscador y como tal no puedo dejar de enfrentarla. Doy vueltas en círculos. Pienso: la humanidad es un devenir, un estado que voy perdiendo. Respiro hondo. Cierro los ojos.

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